Mutti y el regalo del cumpleaños
Cierta tardecita, después de haber bebido sus habituales copas de whisky, y viendo que ya era tarde y debía volver a su casa, Hugo Mutti solicitó al Pibe que le envolviera para regalo una botella del mismo whisky que estaba tomando. Explicó a los presentes que se la llevaría como obsequio a un nieto suyo que ese día estaba cumpliendo años. Ya cuando se retiraba con el regalo, al Pibe le gana la curiosidad y le pregunta: ¿y cuántos años cumple su nieto? Mutti responde. Un año.
Mutti, Garaventa y la quiniela
Aquel día se anunció por radio que el sorteo de quiniela iba a retrasarse y que, por razones de programación, la emisora que acostumbra a sintonizar el Pibe transmitirían los veinte números de corrido a las nueve de la noche. Cuando llegó la hora, Mutti y el Pibe se encontraban en la vereda del boliche y desde el interior se escucha la voz de Oscar Francisco Garaventa (fiel parroquiano de El Pibe, con más de cincuenta años como locutor de radio) anunciando que comenzaría inmediatamente a cantar los números favorecidos. El Pibe, cómplice de Garaventa, le advierte a Mutti que llegó la hora y que deben entrar y poner atención. Mutti toma papel y birome y anota todos los números. Al final se sorprende y dice: pero si el flaco Garaventa no canta la quiniela!!!. Es cuando le dicen la verdad: Oscar Garaventa estaba personalmente, tirado boca abajo en el suelo, detrás del mostrador, inventando números.
Mutti y la prueba de alcoholemia
Hugo Mutti conducía su moto por calle Florencio Sánchez hacia el norte, y al llegar a calle Rivera colisiona con otro vehículo en que se desplazaba un enfermero. Mutti es conducido a la Seccional Primera –ubicada a una cuadra del lugar del accidente- y, quizás conociendo sus andanzas, deciden realizarle la prueba de espirometría. Justamente desde hacía unos días Mutti no bebía alcohol debido a problemas de salud. La prueba es, por lo tanto, de resultado “cero”. El agente policial, no satisfecho, la realiza nuevamente y el resultado es otra vez el mismo. Entonces, ya algo ofuscado y con su capacidad de asombro al límite, le dice a otro agente: traé otro aparato que este no funciona!!!
Un paisano moderno
Una de las últimas anécdotas jocosas que recuerda el Pibe refiere a un hombre de gran estatura, y corpulencia en general, que ingresó al boliche y se puso a observar la variedad de bebidas que se exhiben en las estanterías. De rostro muy serio, vestía con indumentaria de campo y un gran facón atravesado en la cintura. Entre los presentes se cruzaron miradas como queriendo adivinar cuál de las más fuertes bebidas pediría. Aseguran hoy que todos pensaron en caña. Pero para asombro de todos, cuando habló, lo hizo con voz bastante alejada de la virilidad que su aspecto hacía suponer. Los parroquianos debieron contener la risa cuando lo escucharon pedir: “una tarjeta para el celular y una mandarina Urreta, por favor”.
Mutti y la libreta
Una anécdota de Hugo Mutti: Uno de los más fieles parroquianos con que contó Bar El Pibe se llamó Hugo Mutti y falleció el 22 de junio de 2006, jubilado como docente en el área de la construcción de la Universidad del Trabajo del Uruguay.
La siguiente anécdota se ha difundido de tal forma que es difícil pensar en Mutti sin recordarla. El 22 de diciembre de 2005, próximo a la hora 19:45, circulaba Hugo Mutti en su moto por calle 8 de octubre en dirección oeste, cuando de pronto colisiona con el móvil policial perteneciente a la Seccional Quinta. Los agentes policiales lo asisten y Mutti les explica que se encuentra bien y agrega que se dirige a Bar el Pibe. Inmediatamente los policías le solicitan: “la libreta, por favor”. Mutti responde: “No tengo libreta, el Pibe me anota en un cuaderno”.
Atilio López Píriz, una presencia permanente
La mayor pare de las horas que transcurre despierto, Atilio López Píriz las vive en los bares. Jubilado como bancario del Banco República, su rutina diaria consiste en recorrer boliches, tomando dos o res medias de whisky Dumbar en cada uno. Y respeta esa rutina como una sagrada obligación. Bar el Pibe se distingue del resto porque recibe las visitas de Atilio dos veces al día, la primera a mediodía y la segunda alrededor de las nueve de la noche, para escuchar la quiniela. Es curioso verlo la mayor parte de las veces aislado de todos, solo frene a su copa, pensativo; puede pasar así interminables horas, como cumpliendo una verdadera obligación. Anduvo mucho tiempo en un auto color naranja, de pequeño tamaño, que formaba una simpática imagen junto a su escasa estatura. Hoy ya no lo tiene, pero su rutina sigue cumpliéndose. “Ando a pie, en taxi o en ómnibus –comenta- depende de cómo este el tiempo o de mi apuro”. Para que se tenga idea de que realmente cumple con una obligación, explica: “a veces me entretengo acá -Bar el Pibe- y llega la hora de ir a la cantina de Chaná y si voy a pie o espero ómnibus llego muy arde, entonces pido un taxi”. Es común que inicie un comentario con la expresión “cuando yo era chico…”, e inmediatamente mira a su alrededor porque sabe que siempre algún parroquiano está atento para decirle “entonces eso fue ayer o anteayer nomás”, aludiendo a la pequeña estatura de Atilio.
Apuntess Jorge Pignataro |